Plegarias.
Sin saber que existías
te deseaba,
sin conocerte
te adiviné.
Llegaste en el último tequila,
y no fue el final.
Al escribirte,
las palabras se asemejan
a una herida sangrienta,
entregando sus fuerzas
creyéndose la memoria del mundo,
sin tu rosario rotundo
el dolor de mi cuerpo.
Plegarias nocturnas
a la virgen de la amargura,
¡que acabe esta tortura!
No quiero noches de bodas,
no quiero tormentas
sin relámpagos,
no quiero cerveza
sin verte al final en la esquina.
No sabía de tu existencia
y te soñaba,
entre girasoles y pinceladas.
No sabía de tu signo
y tu constelación
en mi pecho se quedó fijo.
No adiviné tu futuro
al leerte la mano,
pero creí ver
entre tus líneas
mi nombre como conjuro.
La herida no se cierra
si nunca se abrió,
pero en mis sueños queda
que aquella mirada
que aquella certeza
fuiste tú.