Cuentan las estrellas que bajó la luna a susurrarle a una niña lo que soñaba. La niña intrigada fue escribiendo su historia, haciendo malabares con sus sentimientos y descubriendo que no todos los caminos llevan a Roma.
miércoles, 14 de junio de 2017
Hoy me toca sincerarme.
Parece que he adelgazado.
He adelgazado y parezco otra.
Parece que es real que dedicarte tiempo y sonreirle al espejo te ayuda,
salgo con más convicción a la calle y camino con la cabeza más alta que nunca.
Busco miradas e intento sostenerlas,
pero esa sonrisilla tímida aparece por la comisura de mis labios, eso no faltará.
Es el orgullo, el orgullo de llevar falda y ropa ajustada y que me quede de puta madre.
Hubo un tiempo en el que no salía a la calle si no me aseguraba que todas las partes de mi cuerpo estuvieran tapadas,
ahora, voy a comerme el mundo porque tengo hambre.
He adelgazado.
He adelgazado y eso parece un cambio estúpido en la vida ajena de cualquiera,
pero os aseguro que la otra yo jamás se habría atrevido a salir a la calle con una mini falda o un escote de infarto.
Y nunca habría sostenido la mirada a extraños en una esquina.
Dicen que si hay personas que sonríen,
tres lo hacen como consecuencia de otra sonrisa.
Y esto, es como todo en la vida, tendrá una parte de verdad.
Pero ahí estaré yo para contar los segundos que sonríen.
Yo, por mi parte soy una chica enredada en un intento de poema cuyos versos arrugados me gritan: sé valiente, pónte esa falda y enseña tus pensamientos al cruzarte de piernas.
Y sí, me sigo escondiendo en letras, escribo historias paralelas que nada tienen que ver conmigo;
describo a la perfección los besos que se dan mis personajes,
se roban y se rompen en otros labios que no son los míos,
los besos de otros, dime tú si eso no es patético;
incluso dejo un hueco,
para describir de la manera más real posible lo que sentiría.
Supongo que todo está relacionado con este miedo continuo que tengo de fallar, de no encajar,
que es completamente irracional,
como lo increíblemente dependiente que soy del cine, de sus escenas imposibles y sus besos;
Y no, nunca seré Helena, ni tendré un Cinema Paradiso,
nunca seré Leia,
Nunca me quedará París y sus recuerdos.
No tendré una eternidad, ni nunca seré como ellas, como esos personajes femeninos que tanto envidio.
Pero ahora tengo mi banda sonora, esa que suena cada vez que piso la calle con la cabeza bien alta.
Suena cada vez que me ducho,
cada vez que uso el champú como micrófono.
Esa que suena una y otra vez en su versión más maravillosa, cuando tengo una sidra en mis manos y miro a mis amigos.
No cumplo con los prototipos, esos los rompo,
¿y qué pasa?
No dejo de ser tan real como tú, que estás leyendo esto.
Tengo más suerte de la que merezco.
Pero lo pienso compensar con risas y abrazos del alma.
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