miércoles, 16 de agosto de 2017


Y Medusa se hizo oro.

Los cuentos nunca se cumplen.
Deberían habernos contado la verdad.
Desde pequeña me he creado expectativas de como debía ser mi vida.
Una pequeña princesa
que caminara entre flores por primavera,
con vestidos largos,
delgada,
perfecta,
inteligente..

Ni de coña soy esa.

Soy tan torpe, que si por mí fuera ya sería cenizas.
Soy tan cabezota que debo llevar razón hasta cuando solo tengo silencio.

Soy ese Don Quijote que vivía en su mundo en ensoñaciones,
que luchaba con gigantes, para ser derrotado a los pies de un molino.

No me dijeron que la princesa
a veces no entraba en el vestido
y por eso siempre voy enseñando de más.

No me dijeron que podía ser dragón con este mal humor.
Que ser reivindicativa era lo mío.

Lo tuve que descubrir.

No soy princesa, soy un dragón,
un dragón capaz de acabar con abdolutamente todo lo que vea a su alrededor.

¿Princesa? Bah.

Yo soy Medusa, y él era el Rey Midas.
Él convertía en oro todo lo que tocaba,
y yo por no destrozarle,
por no convertirle en piedra
ni le miraba.
Me imaginaba como sería acariciarle en mis sueños,
en mis lágrimas
y lamentos.

Un día él me tocó, y me transformó en oro.

Jamás hubiera imaginado que sentirse oro pesaba,
hasta literalmente, más que serlo.

No quise creerlo, hasta que caí.

¿Para qué demonios quiero ser princesa cuando no aguanto la monarquía?

Quiero ser dragón.
Y volar tan lejos como mis cadenas rotas me dejen.
Quiero escupir fuego a los cobardes a los que me enfrente.

Seguir siendo inocente,
un manojo de ilusiones,
con tantos pensamientos que se me enreden en el pelo.

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