lunes, 23 de octubre de 2017

Octubre huele a rosas.

Las noches se me vienen encima,
y ni te imaginas
lo que duele la oscuridad.

Es un alma que atrapa,
tira y me destapa.
Me desnuda los miedos,
y al ajedrez juega con ellos.
Siempre hay miedos,
como siempre sale el sol después de la tormenta.

Pero esta es tan cruel,
tanto como la vida
que no me dejó ni la mínima
de poder tocar tu piel.
Entonces vienen mis preguntas,
mis dudas que me atacan,
mis ansias me delatan...

¿Y si no hay amor en este mundo para mí?
¿Y si no soy lo suficientemente buena para alguien?
¿Y si no sé querer?
¿Por qué no dejo que se me desgaste el corazón?
Porqué no las palabras claras y los versos secos.
Que ya no puedo con más versos,
que me falta aliento,
besos,
sentimientos..

Tan perdida como vacía.
Tan sola como dejada.

Tan niña aún,
que la madurez da patadas contra la pared.
Aún peino ilusiones trenzadas con sueños,
deseando que uno de ellos sea eterno.

Que necesidad más absurda,
esa de necesitar que me acaricies el alma
bajo una tela de esperanza
y un 'quiero más'.

Mi dislexia emocional,
mi daltonismo sentimental,
no distingo colores,
ni veo flores
en mis ganas de ganar;
no veo las pasiones
que un día te llegué a mencionar.

Mis dedos se enredan en mis pensamientos,
caen sobre mis hombros y llegan a pesar.
Mis pies se balancean una vez más,
al compás de esa canción amiga de la Soledad.
Mi pecho se infla de mariposas que nunca sabrán
a qué saben las caricias con el sonido del mar,
pobres ilusas que sueñan
que un día saldrán y no volverán jamás.

Pero como oscuras golondrinas
volverán a ser vecinas
de las ganas y la ansiedad.

Ganas de lluvia,
Otoño,
miradas,
de sidra,
de burbujas que se atoran en mis cosquillas,
frío que se acumula en mi clavícula,
se desliza por mis piernas y moja mis botas.

Gotas de agua,
pares,
jugando al querer y no poder.

Que bonito es el Otoño,
y más cuando voy a florecer.

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