Mis taras.
A poco que lo pienso me queda menos para una nueva etapa.
Que no será la tapa
que cubra mis pensamientos.
Que veinte años no es nada dice la letra.
Para mí son veinte años soñando, cambiando, cantando y bailando.
Ya no me muerdo las uñas,
ahora soy más de arañarme el corazón. Supongo que me abro heridas por miedo a que,
algún día,
la cicatriz de otro sea yo.
Me autodiagnostico.
Me curo dándome un beso en el corazón
a sabiendas de que los besos de mamá
ya no sanan
cuando te haces mayor,
a sabiendas,
de que buscar en alguna boca de chantaje algún resto de algo que te cure
es tan inútil como cerrar los ojos ante el miedo y contar hasta cien.
Sé escribir sobre papel,
pero sigue costando cada vez que intento pasar de página, de piel.
La letra se me tuerce cuando la vida no va derecha, pero mi historia se retuerce, y lo sé;
un alma que se rebela ante las ganas de rendirse, no envejece, dicen.
Supongo que me dan miedo las despedidas porque en el colegio me enseñaron que hacen falta agarrar bien el bolígrafo para sujetar una buena caligrafía,
pero no me enseñaron que las mejores historias son las que se escriben con mala letra para alguien está dispuesto a leerlas hasta al revés.
En cuanto a mí, sigo siendo incapaz de cerrar una puerta sin echar antes el ojo, que mal se me ha dado siempre eso de ponerme cerrojo.
Abierta, como un libro,
aunque después me arranquen mis páginas y mis ganas.
Sigo cantando a toda voz,
algunas canciones no me las sé y otras hablan de no sé qué.
Algunas fui yo, hasta que me cansé.
Ya he dejado de ser el disco rayado que buscaba borrar el error mientras tú saltabas la canción.
He tropezado muchas veces con la misma piedra y aún sigo andando descalza. Confieso que, en realidad, me sigue asustando la oscuridad,
porque dejo de ver que hay en verdad.
Que difícil se mastica una realidad si la sirven cruda.
Que poco sirve un pastelito observado desde una vitrina.
Tengo mi habitación hecha un desastre, y la cabeza está peor, no sé si es preocupante.
Si algún día aprendí a recoger
aún no sé dónde guardar los malos tragos, las lluvias, los falsos magos.
Pero sigo escribiendo.
Ya no arrugo tantos papeles ni destruyo tantos bocetos…
Me gusta pensar que hago lo mismo con la vida.
Sigo riendo a carcajadas el doble de las veces que me siento cascada.
Y os lo aseguro, es un seguro de vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario