Capitulo tres.
Las dos semanas siguientes me pasé las no ves apoyadas en la pared de casa de Javi, sabía que él sacaba siempre al perro a aquella hora, y si tenía que pedirle perdón primero a alguien era a él.
Me quedé tres días en la puerta, en la que sabía que no salía para no tener que verme.
Pero al cuarto día, me arriesgué a llamar al timbre, teniendo la suerte de que fuera él el que abriese.
Tomando una gran bocanada de aire, me acerqué para advertirle. —Puedes dejar de hablarme hoy, mañana, pero tanto como tú y como yo nos debemos una explicación, y solo es para pedirte perdón, he jugado a ser Cupido y me lo he creído.
Déjame que te pida perdón y si de verdad no quieres volver a verme, me iré.
No eres la primera persona que pierdo, pero sí serías de las que más me dolería y no me imagino mi vida sin ti.
—El rostro de Javier se tornó serio y agachó su cabeza para llevarlo a sus zapatos. Yo me volví a acercar para golpear su hombro con mis nudillos. —A parte, ¿quién se va a reír si no de tus chistes malos? ¿Y quién va a ser mi mejor crítico?
—Y atisbó aquella sonrisa que provocó la mía. Extendí mis brazos esperando su abrazo, pero él, solo negó con la cabeza, tenía que entenderle, fui cruel, injusta..
Pero Javi no era como mi subconsciente, y a los instantes, cuando me di la vuelta para despedirme, me vi recogida entre sus brazos en el más tierno abrazo posible.
Yo, que pocas veces había experimentado la amistad, sabía que era el estado más puro de ello. Javi, esa persona que sabía todos y cada uno de los problemas que tenía, me respetaba, me quería e incluso admiraba. Por eso me fui difícil retener las lágrimas. Lágrimas que poco a poco cayeron por mis mejillas. —Al final vas a conseguir que siempre te perdone.. —Murmuró, depositando un leve cabezazo contra mi hombro.
Aliviada, así volví a mi casa.
Pero aún me quedaba Sara. Y aquello era imposible, Sara se había refugiado tanto en su mundo.. ¿Y como volvería a unir a Sara y Javi? Ellos también tenían que hablar las cosas.
Podría haber recurrido a lo típico, juntarlos en un lugar sin que el otro supiera que estaba el contrario y así. Pero no era sincero ese gesto.
Así que les envié un mensaje. Quería que quedáramos a dar una vuelta, en la entrada de un pequeño parque al que no solía ir mucha gente, a no ser que fuera a sacar al perro.
En el momento en el que Sara y Javi se vieron, la escena se volvió hielo y yo era el Titanic a punto de estrellarme contra ellos.
Suspiré. Y entonces Javi volvió a ser él. —Ana, ¿no crees que Sara con trenzas es demasiado infantil?
—Bromeó sacando la lengua. Yo reí, reí a carcajadas y sin esperarlo, Sara explotó en risas también.
Y allí estábamos, tres seres que la habían cagado emocionalmente, que se acababan de reconciliar con sus errores y sus miedos.
Y volví a sentir aquella conexión. Volví a ver en los ojos de Javi la euforia de ver sonreír a Sara cómo quien admira la torre Eiffel la primera vez que está frente a ella. Sara era mucho más bajita incluso que yo, pero a ojos de Javi era enorme, una gigante y eso era capaz de transmitirlo con la mirada.
Sara por el contrario con sus mejillas torneadas de un rojo intenso cubierto por la oscuridad de la noche, miraba de reojo a Javi.
Esa noche no se besaron, pero sí se acompañaron a casa, y hablaron, rieron y se abrazaron de nuevo.
Esa noche, yo volví a dormir tranquila, había recuperado a dos partes de mi vida, y ellos se habían recuperado.
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